Es descorazonador cuando lo que no puede convertirse en
recuerdo es algo malo. Que accidentalmente rompas un vaso e inmediatamente
pienses en los gritos y regaños que recibiste cuando no eras más que una
pequeña niña y tus pequeñas manitos eran torpes e inexpertas. Que oigas a tu
madre llamarle “amor” en medio de una llamada, y vuelvas al instante en que
decía esa misma palabra en un tono desesperado mientras él golpeaba a tu
hermana contra la pared, una y otra vez. Pensar que estás escribiendo esto
justo por esa misma razón. Es en este instante cuando me pregunto si esta
maldición me fue dada por algún motivo, tal vez, la imposibilidad de olvidar,
de perdonar, el rencor que me consume con cada consecuencia del pasado que sale
a la luz, existen para que en este mundo pueda haber alguien que no olvide sus
pecados, alguien que lo odie tanto como para recordarle al mundo el monstruo
que es y siempre será.
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